2.2. Por qué buscar voluntariamente el miedo puede ayudar
Cuando algo nos asusta, intentamos alejarnos de ello.
Esto tiene sentido cuando existe un peligro real.
Si se aproxima un vehículo, si hay fuego o si una situación amenaza nuestra seguridad, protegernos es necesario.
Sin embargo, en el círculo del pánico puede ocurrir algo diferente.
Una sensación corporal o una imagen de peligro activa el miedo. Entonces intentas controlar, evitar o eliminar esa experiencia.
Cuanto más importante se vuelve conseguir que desaparezca, más atención recibe.
La secuencia puede funcionar así:
- Aparece una sensación o una imagen.
- Piensas que puede significar peligro.
- Intentas controlarla o expulsarla.
- Empiezas a observar si está aumentando.
- Cualquier cambio parece confirmar que algo no va bien.
- Aumenta la urgencia por tranquilizarte, escapar o buscar seguridad.
Así, el intento de no sentir miedo puede mantener tu atención completamente centrada en él.
El problema de decirte «no pienses en eso»
Intenta durante unos segundos no pensar en un elefante azul.
Probablemente, para comprobar que no estás pensando en él, tu mente necesita representarlo.
Algo parecido puede ocurrir cuando te dices:
- «No debo marearme».
- «No puedo perder el control».
- «Tengo que dejar de notar el corazón».
- «No puedo pensar que voy a desmayarme».
Para comprobar que esas experiencias no están ocurriendo, necesitas vigilarlas.
La vigilancia mantiene el miedo en primer plano.
Cambiar la dirección
La Peor Fantasía propone dejar de perseguir durante unos minutos el objetivo de «no sentir».
En lugar de repetir:
«Esto no debe aparecer»,
te dices:
«Durante este tiempo voy a acercarme voluntariamente a la escena y observar qué ocurre».
Esto modifica la posición desde la que te relacionas con el miedo.
Ya no esperas únicamente a que te sorprenda.
Tú eliges un momento y un límite.
No es una forma escondida de relajarte
Puede ocurrir que el miedo disminuya durante una práctica.
También puede ocurrir que aumente, cambie, se mantenga o aparezca de una forma menos clara.
Ninguna de estas posibilidades debe convertirse en una exigencia.
Si realizas la práctica pensando:
«Tengo que hacer esto para conseguir tranquilizarme»,
puedes volver al mismo intento de control que mantiene el problema.
El objetivo inicial no es obligar al miedo a bajar.
Es aprender a acercarte a él sin responder automáticamente con lucha, evitación o comprobación.
No necesitas tener una reacción determinada
Durante una práctica puedes experimentar:
- miedo intenso;
- miedo moderado;
- poca activación;
- dificultad para imaginar;
- imágenes poco claras;
- ganas de distraerte;
- necesidad de comprobar tu cuerpo;
- deseo de terminar;
- una sensación inesperada de distancia;
- incluso aburrimiento o repetición.
Todo ello es información.
No necesitas fabricar una respuesta más intensa ni corregir inmediatamente lo que ocurre.
¿Dónde está el cambio?
El primer cambio puede no estar en la intensidad del miedo.
Puede estar en que:
- eres capaz de acercarte a una imagen antes evitada;
- reconoces mejor la historia que cuenta tu miedo;
- detectas un intento de control que antes era automático;
- permaneces unos minutos sin cortar inmediatamente la escena;
- terminas la práctica sin esperar a estar completamente tranquilo;
- descubres que la experiencia cambia sin que puedas dirigir cada paso;
- dejas de considerar cada sensación como una orden.
Idea clave
No realizas la Peor Fantasía para ganar una lucha contra el miedo.
La realizas para dejar de luchar siempre de la misma manera.
