7.2. Mirar el punto de partida

7.2. Mirar el punto de partida

LENGUAJE PACIENTE

Para reconocer el camino recorrido, puede ser útil recordar cómo funcionaba el problema al principio.

No se trata de volver a entrar en todo lo que ocurría ni de quedarte atrapado en los momentos difíciles. Se trata de comparar con calma el punto de partida con el momento actual.

A veces, cuando una persona lleva varias semanas trabajando, se acostumbra a sus avances y deja de verlos. Lo que antes parecía imposible empieza a parecer normal.

Por eso conviene mirar atrás con una pregunta sencilla:

“¿Cómo era mi vida cuando empecé este proceso?”

Recordar cómo funcionaba el miedo

Al inicio, quizá el miedo no aparecía solo en los momentos de pánico. Tal vez también estaba presente antes de salir de casa, al notar una sensación corporal o al pensar en una situación concreta.

Puede que ocurriera algo parecido a esto:

  • vigilabas el cuerpo;
  • temías que volviera a aparecer una crisis;
  • evitabas lugares o actividades;
  • necesitabas escapar;
  • buscabas seguridad;
  • pedías tranquilidad;
  • comprobabas síntomas;
  • o dependías de ciertas condiciones para sentirte capaz.

No es necesario que todas estas cosas formaran parte de tu experiencia.

Lo importante es recordar cuáles eran las más presentes en tu caso.

El problema no era solo el miedo

Muchas veces, lo que más limita no es únicamente la sensación de miedo.

También limita todo lo que empieza a organizarse alrededor de ella.

Por ejemplo:

  • dejar de conducir;
  • no alejarte de casa;
  • evitar hacer ejercicio;
  • sentarte siempre cerca de una salida;
  • necesitar ir acompañado;
  • llevar objetos “por si acaso”;
  • revisar el pulso;
  • buscar síntomas en internet;
  • o cancelar planes antes de saber cómo te sentirás.

Estas respuestas tenían una intención comprensible: protegerte.

Pero, con el tiempo, podían hacer que el miedo pareciera todavía más peligroso.

Una fotografía del comienzo

Imagina ahora que haces una fotografía de aquel momento inicial.

¿Qué aparecería en ella?

Quizá:

  • una vida más pequeña;
  • mucha atención puesta en el cuerpo;
  • dudas constantes;
  • necesidad de anticiparlo todo;
  • miedo a no poder manejar una crisis;
  • o sensación de depender demasiado de otras personas.

También puede que aparecieran recursos que ya estaban presentes:

  • alguna situación que sí podías afrontar;
  • una persona que te ayudaba;
  • un momento del día más fácil;
  • una actividad que te calmaba;
  • o una parte de ti que seguía intentando avanzar.

El punto de partida no estaba formado solo por dificultades. También contenía pequeñas excepciones y capacidades.

Comparar sin juzgar

Al mirar atrás, evita pensar:

“¿Cómo pude llegar a estar así?”

o:

“Debería haberlo hecho mejor.”

En aquel momento estabas respondiendo con los recursos que tenías.

Las estrategias que utilizabas no eran absurdas. Eran intentos de sentirte seguro.

Ahora dispones de más información y has practicado otras respuestas.

Por eso la comparación no debe hacerse para juzgarte, sino para reconocer diferencias.

Un ejemplo

Imagina que al principio una persona no podía entrar sola en un supermercado.

Antes de ir:

  • pensaba que podía marearse;
  • pedía que alguien la acompañara;
  • buscaba la salida;
  • llevaba agua;
  • y se marchaba en cuanto notaba ansiedad.

Ahora quizá entra sola en algunos momentos.

Puede que todavía:

  • elija una hora tranquila;
  • note cierta tensión;
  • o piense que podría encontrarse mal.

Pero también puede que:

  • permanezca más tiempo;
  • no necesite llamar a nadie;
  • haga la compra;
  • y salga cuando termina, no cuando el miedo se lo ordena.

La diferencia no está en que la situación sea completamente fácil.

La diferencia está en que ya no funciona exactamente como antes.

Qué conviene observar

Cuando pienses en el inicio del programa, intenta recordar:

  • qué situaciones evitabas;
  • cuánto miedo te daban las sensaciones;
  • qué pensamientos parecían más creíbles;
  • cuánto intentabas controlar el cuerpo;
  • cuánto necesitabas escapar;
  • de qué medidas de seguridad dependías;
  • cuánto apoyo externo necesitabas;
  • y cuánto espacio había perdido tu vida.

Después compara con el presente.

No busques una respuesta perfecta.

Busca diferencias concretas.

Los pequeños cambios cuentan

Quizá todavía no has recuperado todo lo que deseabas.

Pero puede que:

  • evites menos;
  • tardes más en escapar;
  • compruebes con menos frecuencia;
  • te tranquilices por ti mismo;
  • dependas menos de una persona;
  • recuperes alguna actividad;
  • o te asuste menos una sensación concreta.

Cada una de estas diferencias indica que el problema ha perdido algo de rigidez.

Antes de continuar

Completa mentalmente estas dos frases:

“Cuando empecé, el miedo hacía que yo…”

“Ahora, en algunas situaciones, soy capaz de…”

No hace falta que el segundo cambio sea grande.

Lo importante es que sea real, concreto y reconocible.

Mirar el punto de partida no sirve para revivir el problema.

Sirve para descubrir que ya no estás exactamente en el mismo lugar.